China: ¿República Popular o Elitista?

En un artículo reciente publicado por la BBC, el Dr. Damian Tobin de la Escuela de Estudios Africanos y Orientales analiza la correlación entre el crecimiento económico y las “crecientes desigualdades entre ricos y pobres” en China. Aludiendo a “la privatización de las empresas estatales”, Tobin insinúa que las causas de los “peligrosos niveles de desigualdad” en China son el alejamiento del intervencionismo estatal y de la planificación económica.

La idea es que aunque algo como la “libre empresa” pueda generar crecimiento y “riqueza privada”, ésta es insuficiente en sí misma (osea, sin el estado) para moderar o hacer más igualitarios los niveles de riqueza de los ciudadanos en general. Pero aunque Tobin esté en lo cierto al ver que algo anda muy mal en la economía china, los problemas que él ve son causados por el estatismo en lugar del genuino libre mercado.

Un auténtico libre mercado no es solo el sistema económico consistente con el respeto a la vida humana y el trabajo, sino también el medio más idóneo para alcanzar una justa distribución de la riqueza. En oposición al programa económico altamente influenciado por el estado que tenemos hoy en día en casi todo el mundo, un mercado liberado sería aquel en el que no existiesen los privilegios especiales ni los subsidios a las corporaciones: el estado, por definición, no tendría nada que hacer en cuanto a escoger ganadores y perdedores.

Mientras que hoy en día uno puede establecer una correspondencia entre el tamaño de una industria y su ejército de lobistas, un mercado libre carecería de ventajas injustas por las que se puediese pelear en la arena política. El incestuoso juego de Monopolio en el que algunos esperan hacerse del poder coercitivo del estado para bloquear la verdadera competencia es inherente a los incentivos creados por los sistemas basados en la autoridad.

No debería sorprendernos que cuando se introduce la violencia sistemática en la esfera económica, son los ricos y privilegiados los que más ganan. A pesar de que el preocuparse por los pobres y los trabajadores está hoy asociado a la idea de un estado total y omnipotente, el estado jamás ha sido el aliado del victimizado y desaventajado.

El estado es más bien un órgano de la élite de poder, una agrupación de intereses económicos que aspira a acallar toda opinión fuera de la economía estatista. Cualquier cosa que haga el estado que parezca superficialmente ayudar al pobre tiene como objetivo mantener los engranajes de la economía funcionando de manera que la estructura corporativa oligpólica no se destruya a sí misma.

El mito del estado como santo salvador es especialmente amenazador para los trabajadores y agricultores chinos. En 1850, el economista de libre mercado Friederic Bastiat describió la lucha creada por el estado, en la cual todos “dirigen sus esfuerzos a contribuír poco, y tomar mucho, del fondo común de sacrificios”.

Preguntándose retóricamente si “los ganadores de esta lucha serían los menos afortunados”, Bastiat respondía que “definitivamente no, más bien los ganadores tienden a ser los más influyentes y calculadores”. Bastiat entendió que la interferencia estatal en la economía, aunque muy frecuentemente sea mercadeada con lenguaje populista, es un hecho puramente elitista. El libre mercado, por lo contrario, definitivamente no está hecho para monopolios enormes y operadores políticos estrenduosamente ricos.

En China, son las masas trabajadoras las que sufren la desfiguración estatal de la economía de intercambios libres y pacíficos, no los multi-millonarios acaparadores de riqueza. La verdad es que todavía no nos ha sido posible ver el tipo de distribución de la riqueza que produciría un mercado verdaderamente libre.

En China no existe el libre mercado. La presente encarnación de su nuevo y nominal sistema de “libre empresa” conlleva un intervencionismo estatal que infecta casi todas las células vivientes del organismo económico. El anarquismo de mercado puede demostrar que la concentración actual de la riqueza en las manos de unos pocos es un síntoma del proceso de cercado económico llevado a cabo por el estado para beneficiar a las Grandes Empresas.

Las disparidades de riqueza como las que existen en China requieren la participación activa del estado. Por lo tanto, para remediar dichas disparidades se requiere la lenta eliminación del estado a través del comercio y la cooperación mutuamente beneficiosos. Eso es lo que significa un libre mercado para nosotros, y eso es lo que China, y el resto del mundo, necesitan.

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David D’Amato es el analista de noticias de C4SS, abogado y anarquista de mercado en proceso de obtener un LL.M. en ley comercial en la Escuela de Leyes de la Universidad de Suffolk. Su aversión a la superstición y a toda forma de autoridad política se manifiesta en www.firsttruths.com

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El Imperio de la Putrefacción Creciente

En el 2007, cuando todavía nos estaba cortejando y tenía que dar la impresión de que era un tipo decente, Barack Obama dijo que “la constitución no le da poder al presidente para autorizar unilateralmente un ataque militar en una situación que no implique detener una actual o inminente amenaza a la nación”. Compárese ésto con su posición actual respecto al Acta de Poderes de Guerra.

Pero ésto no es nada nuevo. Todos los días aprece una razón más para que los progresistas se desilucionen de Obama. Tal como escribió el comentarista libertario Anhony Gregory en una columna reciente (“Why the Left Fears Libertarianism”, LewRockwell.com, 30 de junio) (“Por qué la Izquierda le Teme al Libertarismo”), en realidad estamos en el tercer mandato de George Bush.

Obama despilfarró cientos de miles de millones de dólares en programas de bienestar corporativo para la industria bancaria y automotríz, nombró al CEO de General Electric como su tzar del desempleo, y le dio cargos a “clientes fijos del estado corporativo en cuanto rol de planificación financiera centralizada hubiese que ocupar”.

Obama rompió sus promesas sobre cerrar Guantánamo y terminar con los pinchazos a mansalva de las telecomunicaciones, redobló la apuesta en Afganistán, se rehusó a ponerle freno al secuestro de prisioneros, dejó intacto el gulag estadounidense de cámaras secretas de tortura alrededor del mundo, convirtió a la base aérea de Bagram en la sucursal asiática de Guantánamo y autorizó la tortura del disidente Bradley Manning.

Obama abandonó todas sus promesas sobre gobernar con transparencia e impulsó una “reforma” al sistema de salud que es un regalo tan preciado para las compañías de seguros como Medicare D lo es para las farmacéuticas.

Harry Brown solía advertir que las leyes que uno apoya casi siempre terminan “haciendo lo opuesto de lo que uno creía que estaba apoyando”. Uno esperaría que casi todo el mundo estuviese al tanto hoy en día de que “ninguna ley se escribirá de la manera que uno la tiene pensada, no será administrará de la manera que uno cree, y no será implementada de la manera que uno desea”, porque simplemente “uno no controla al gobierno”.

Gran parte de este problema se debe también al tipo de personas que están a cargo del gobierno. Jon Ronson, autor del libro “The Psycopath Test” (“El Test del Psicópata”), sostiene que que la psicopatía es cuatro veces más prevalente en las altas esferas del mundo corporativo estadounidense que en el resto de la población del país. Estoy seguro de que el mismo fenómeno prevalece también en el gobierno. Según Ronson, existe consenso entre los psicólogos más prestigiosos en cuanto a que “los psicópatas gobiernan al mundo”.

Existe una buena razón para ésto. Tal como Robert Shea escribió en su oportunamente titulado libro “Empire of the Rising Scum” (“El Imperio de la Putrefacción Creciente”) (Loompanics Catalog 1990), mientras más exitosa se vuelve una organización en el desempeño de lo que supuestamente son sus funciones, “más atractiva se vuelve para gente que ve a la organización como un mecanismo para promoverse a sí misma”. Y debido a que avanzar en una organización es un talento en sí mismo, las organizaciones tienden a terminar siendo administradas por apparatchiks: “[G]ente que es extraordinariamente hábil manipulando organizaciones para servir sus objetivos personales… que tienden a triunfar con facilidad en el juego de la adulación, la manipulación, la amenaza, la menira y en definitiva, la pelea para llegar al tope de la pirámide organizativa”.

Por lo tanto, cualquier organización grande y jerárquica, independientemente de sus objetivos formales, tiende a desviar su propósito hacia el crecimiento en sí mismo y el enriquecimiento personal de sus directivos. Y es así como terminamos con gobiernos que imponen sistemas de pasaportes internos y nos someten a vigilancia constante para “proteger nuestras libertades”, y con corporaciones gigantescas cuyos ejecutivos recortan el personal de atención al cliente para inflar sus opciones sobre las acciones de la empresa, mientras proclaman que “el servicio al cliente es nuestra prioridad”.

Las mega-organizaciones con estructura jerárquica son lideradas por gente que muy frecuentemente tiene una sed psicótica de poder, y cuya principal capacidad es la pelea burocrática. La putrefacción siempre termina subiendo hasta la cumbre.

¿Qué podemos hacer al respecto? Reemplazar la jerarquía con la auto-organización, y reemplazar la autoridad con el acuerdo mutuo entre iguales.

No dejemos que la putrefacción tenga espacio para subir.

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Kevin Carson es un autor mutualista contemporáneo, anarquista individualista e investigador asociado en el C4SS. Es autor de varios libros, entre los cuales destacan Studies in Mutualist Political Economy, Organization Theory: An Individualist Anarchist Perspective, y The Homebrew Industrial Revolution: A Low-Overhead Manifesto, los cuales están disponibles en línea de manera gratuita. Carson también ha escrito para publicaciones impresas como The Freeman: Ideas on Liberty y una variedad de blogs y journals electrónicos, incluyendo Just Things, The Art of the Possible, P2P Foundation y su Mutualist Blog. Varios de sus trabajos se encuentran traducidos al español en Mutualismo.org.

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Los Egipcios Deben Desconfiar del Concepto de Unidad Política

Un titular de la revista Time del viernes 8 de Julio decía que “los protestantes en Egipto volvieron a la carga, pero no hablan con una voz única”, señalando que aunque “todos los protestantes se quejaban del ritmo en que se estaban llevando a cabo los cambios políticos”, todavía existían diferencias de opinión. Desde que el ex-presidente Mubarak dejó el cargo hace cinco meses, el ejército egipcio (el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas) ha estado a cargo del país.

Es por esto que el cambio de régimen hasta ahora ha fallado en cuanto a implementar el tipo de cambio prometido por la Primavera Árabe. Pero en realidad los levantamientos a lo largo y ancho del mundo árabe se basaron más en nociones amplias de transparencia y democracia que en una versión particular y definitva. En lugar de lamentar que las protestas hayan sido una turbulenta melange de puntos devista (y no una canción armoniosa y unificada), podríamos aprovechar la ocasión para celebrar las diferencias de opinión.

Que los individuos que componen la sociedad no compartan una visión singular y coordinada nunca debe ser interpretado como que la organización pacífica y la armonía social son imposibles. Los anarquistas de mercado ven el amplio rango de diversos intereses y opiniones como una fortaleza de la sociedad, no una debilidad. Como algo con lo que no se debe interferir, ni tratar de sofocar o controlar.

Al menos desde el punto de vista prescriptivo, el anarquismo de mercado es muy simple, requiriendo únicamente que la gente se relacione entre sí en condiciones de igualdad, independencia y autonomía, con los mismos derechos y libertades. Mientras que el sistema social del estado se construye sobre la base de una extensa red de invasiones a la libertad individual, el anarquismo de mercado signific aque la sociedad se construiría sobre la colaboración y los intercambios voluntarios de valor.

El estado está diseñado para forzar a la gente a llevar a cabo intercambios que de otra manera no realizarían de no ser víctimas de fraude o coacción, para estructurar las relaciones económicas de tal manera que una de las partes pueda aprovecharse de una posición de poder totalmente injustificada. La explotación depende en última instancia de la coerción, una interferencia agresiva capaz de abrumar la capacidad de juicio de las personas acerca de qué tipo de conexiones, económicas o de otra índole, les gustaría forjar.

El estado es la encarnación de dicha coerción, la institución que goza del privilegio del monopolio sobre el uso de la fuerza en la sociedad. A pesar de que la gente hace uso de la fuerza todo el tiempo, desde aquellos que asaltan bancos hasta los que cometen asesinatos, lo que diferencia al estado es que mientras que todos condenamos debidamente a los asaltantes de bancos y a los asesinos, aprobamos al estado como una institución legítima.

El estado es a veces concebido como el representate de la sociedad como un todo, y como el servidor de los intereses del público en la organización de servicios o en roles que la gente supuestamente no podría o querría desempeñar sin él. Pero como escribió Murray Rothbard, “Tratar a la sociedad como una cosa que decide y actúa… sirve para obscurecer las verdaderas fuerzas en acción”.

En particular, el estado egipcio definitivamente sirve a un propósito, pero en lugar de servir a los intereses de la sociedad en su conjunto, o incluso a la mayoría de la gente, sirve a los intereses de una pequeña y poderosa élite. Sin que sea necesaria una acción consciente y concertada, lo cual podría sugerir un tenebroso cabal de conspiradores, el estado sirve a la clase de personas que están íntimamente ligados a su funcionamiento.

Esa gente resulta ser la clase de los más ricos y mejor conectados que ocupan no sólo las oficinas legislativas y burocráticas de Egipto, sino también los más altos niveles de sus corporaciones. Por eso no debería sorprendernos que ellos recurran a los medios coercitivos del estado para cimentar su poder social y económico en lugar de, por ejemplo, crear un marco para la genuina y justa competencia.

Intentar forzar el orden en la sociedad, esa cosa inefable compuesta de todas nuestras humanas idiosincracias, siempre resultará en el desorden del estado y su clase gobernante. La anarquía de mercado sería un orden espontáneo que emergería de la mezcla no-violenta de nuestras voces. “Una sola voz” es innecesaria e imposible. A los egipcios y a sus sociedades les puede ir bien, les puede ir mejor, sin el conductor arbitrario del estado forzando a los muchos a cantar la canción de los pocos.

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David D’Amato es el analista de noticias de C4SS, abogado y anarquista de mercado en proceso de obtener un LL.M. en ley comercial en la Escuela de Leyes de la Universidad de Suffolk. Su aversión a la superstición y a toda forma de autoridad política se manifiesta en www.firsttruths.com

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El Neoliberalismo: Todos los Impuestos de la Socialdemocracia sin Ninguno de los Beneficios

Tom Geohegan (en su libro Were You Born in the Wrong Continent?) defiende las ventajas del modelo socialdemocrático europeo versus el modelo neoliberal estadounidense. Por supuesto, la derecha siempre se sentirá impulsada a defender el honor del modelo de capitalismo salvaje estadounidense que ha prevalecido desde aproximadamente 1980 como si se tratase del “libre mercado” del que ellos tanto hablan.

Nosotros desde la izquierda de libre mercado señalaremos siempre que lo que los cometaristas de la CNBC y los columnistas del Wall Street Journal llaman “libre mercado”, es cualquier cosa menos eso.

La crítica de Geohegan en este sentido se complenta bien con la nuestra. Muchos de sus comentarios en el libro sigieren que el capitalismo neoliberal estadounidense no solo es estatista, sino que es tan estatista como el sistema socialdemócrata alemán (incluso si hacemos la medición en términos de tamaño y costo total del aparato estatal).

Por ejemplo, los estadounidenses pagan aproximadamente cuatro quintas partes de lo que pagan los europeos occidentales en impuestos. ¿Pero tienen los estadounidenses una red de seguridad social, o beneficios sociales, o un sistema de salud de pagador único equivalente a las cuatro quintas partes de lo que reciben los alemanes?

Geohegan tampoco tiene pelos en la lengua para recordarnos que lo que pasa por “reforma de libre mercado” en los Estados Unidos no implica reducir los gastos o la intervención del gobierno en la economía, sino simplemente cobrar tantos o más impuestos al público en general para luego transferirle el dinero a capitalistas parasitarios. Para usar un ejemplo particularmente odioso, en lugar de usar los ingresos fiscales del gobierno para financiar un sistema carcelario estatal, el neoliberalismo los usa para pagarle a corporaciones como Wackenhut, que administran cárceles privadas bajo regímenes monopolísticos implementados en gran parte gracias a los esfuerzos de lobby de la propia Wackenhut.

De hecho, Medicare y Madicaid gastan más per cápita para cubrir aproximadamente la mitad de los costos totales de salud que lo que gastan los gobiernos europeos occidentales en cubrir los costos totales de sus sistemas de pagador único. Pero por supuesto, mientras la prestación de servicio esté en manos de corporaciones técnicamente “privadas” (que perciben prácticamente todos sus ingresos a costa del contribuyente), nadie osa calificar al sistema de salud estadounidense como “socializado”.

Y es que eso es lo que significa “privatizar” para el típico charlatán de “libre mercado” en la Heritage Foundation o el AEI: en lugar de gravar a los ciudadanos para organizar un servicio público a través de burócratas gubernamentales que opera como un monopolio legal, proponen gravar al ciudadano para contratar a una empresa privada que preste el servicio. Una empresa privada que gracias a licitaciones no competitivas y una madeja de protecciones legales, termina operando como un monopolio y tiene los mismos incentivos perversos para maximiar costos que un contratista de defensa o una empresa pública de agua o electricidad. Y la carga impositiva puede que termine siendo mayor, porque en lugar de pagarle a un montón de burócratas de cuello blanco con clasificaciones GS, hay que pagarle a un montón de robots corporativos de cuello blanco, además del mega sueldo del CEO y los dividendos de los accionistas. El contribuyente corre con los gastos en los dos sistemas, pero con la “reforma de libre mercado” tiene que mantener a dos clases parasitarias en lugar de a una sola.

En conclusión, se le llama “socialismo” sólo cuando el dinero se le da a la gente pobre. Si el dinero se le da a corporaciones, eso es “pro-negocios”. Y “pro-negocios”, por supuesto, significa “libre mercado” en la jerga del libertarismo vulgar de derechas.

Yo no soy un socialdemócrata o un promotor del estado del bienestar. Nadie que desee promover el modelo alemán en los Estados Unidos contaría con mi apoyo. Pero si alguien osa llamarse libertario, no puede pretender engañar a nadie con el cuento de que el sistema estadounidense es menos estatista que el alemán solo porque un mayor número de los parásitos estatales se viste de traje y corbata. Y nadie debería asombrarse de que si se les da la opción de escoger entre dos sistemas igualmente estatistas, la mayoría de los estadounidenses se dacantarían por el que le brindase atención sanitaria garantizada y seis semanas de vacaciones al año. Yo definitivamente haría lo mismo: si estamos escogiendo entre dos opciones con el mismo nivel de estatismo, por supuesto que escogería el que carga menos peso sobre mis hombros.

Lo que a mi de verdad me gustaría es tener menos estatismo (o mejor aún, la eliminación total del estado) y más libertad. Pero aquellos que dicen ser promotores de la libertad deberían seguir la regla de oro del marketing según la cual uno debe ofrecer algo más atractivo que la competencia al cliente, no menos. Y un sistema en el que el estado nos asalta para beneficiar a las empresas Fortune 500 en lugar de mamás solteras y desempleados, no es más atractivo. Si ustedes ven eso como la base del movimiento libertario les deseo buena suerte, porque van a necesitar mucha de ella.

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Kevin Carson es un autor mutualista contemporáneo, anarquista individualista e investigador asociado en el C4SS. Es autor de varios libros, entre los cuales destacan Studies in Mutualist Political Economy, Organization Theory: An Individualist Anarchist Perspective, y The Homebrew Industrial Revolution: A Low-Overhead Manifesto, los cuales están disponibles en línea de manera gratuita. Carson también ha escrito para publicaciones impresas como The Freeman: Ideas on Liberty y una variedad de blogs y journals electrónicos, incluyendo Just Things, The Art of the Possible, P2P Foundation y su Mutualist Blog. Varios de sus trabajos se encuentran traducidos al español en Mutualismo.org.

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Islandia Podría Convertirse en un Oasis Libre de la Propiedad Intelectual

En un admirable momento de franqueza, Thomas Friedman dijo una vez que “para que el globalismo funcione, Estados Unidos no puede tener miedo de actuar como el super-poder todopoderoso que es. La mano oculta del mercado nunca podrá funcionar sin otra, igualmente oculta, pero en forma de puño… Y el puño oculto que mantiene al mundo seguro para que las tecnologías de Silicon Valley florezcan no es otra cosa que el ejército, la fuerza aérea y la marina estadounidenses”.

Por muy poderoso que pueda parecer este orden corporativo global, haríamos bien en recordar que en realidad es muy vulnerable. Sólo es tan fuerte como su eslabón más débil.

La manifestación más reciente de su vulnerabilidad fue demostrada por la aparente secesión de Islandia, durante uno de esos breves y dluídos períodos en los que los gobiernos sucumebn a las presiones populares que arrementen contra el orden corporativo global. Un referéndum reciente rechazó un gigantesco y hamiltoniano salvataje bancario, calcado del modelo TARP estadounidense.

Y mientras tanto, uno de los movimientos más poderosos del mundo en pro de la libertad de información obligó al Althing (parlamento) islandés a establecer a Islandia como un refugio para la libertad de información. La Iniciativa Islandesa para Medios Modernos (IIMM), introducida hace más de un año con amplio apoyo en el Althing, fue aprobada unánimemente en Junio del año pasado. La iniciativa, según Birgitta Jonsdottir, miembro del Althing, es hacer de Islandia un “refugio para la libertad de información, la libertad de expresión y de discurso”. En particular, esto significa que el país se convertiría en un lugar seguro para que gente de otros países instale servidores y cuelgue contenido digital que sus gobiernos puedan querer bloquear.

Uno de los principales activistas y organizadores tras la iniciativa que coopera cercanamente con Birgitta es Smari McCarthy de la P2P Foundation, a quien conozco a través de Internet. Smari hace mención específica de la meta de proveer servicios de hosting para los que denuncian actos de corrupción y revelan secretos estatales. Y será un refugio para evadir leyes esquizofrénicas de difamación como las de Inglaterra, toda vez que alguna corporación como Trafigura quiera hacer uso de una “súper orden judicial” para impedir que salga a la luz pública una pregunta comprometedora, como la que en su momento hizo un miembro de la Cámara de los Comunes.

Ha habido algo de especulación sobre si los planes de liberar la información en Islandia incluyen el repudio de los derechos de “propiedad intelectual” promovidos por el paradigma del Consenso de Washington. ¿Se convertirá Islandia en la base de operaciones para el sucesor de The Pirate Bay tanto como para el de Wikileaks?.

Atacar la política de propiedad intelectual no parece estar en los planes inmediatos de política pública en Islandia. Aparentemente, los promotores de la IIMM decidieron que atacar frontalmente a los derechos de propiedad intelectual tendría un efecto negativo sobre el resto de sus esfuerzos.

Pero yo estoy familiarizado con lo que escribe McCarthy y con los grupos que frecuenta, y él tiene una visión escencialemente negativa de los derechos de propiedad intelectual. El movimiento que impulsa a la IIMM incluye a activistas que abogan por la abolición de los derechos de propiedad intelectual tanto como por la libertad de información. Y McCarthy conoce a varios miembros del Althing que favorecen disminuír significativamente la versión maximalista de las leyes de copyright predominante en los Estados Unidos.

Algunos de los artículos preliminares de la nueva constitución se escribieron con un lenguaje que ofrece grandes esperanzas en cuanto a la lucha por los derechos digitales. La versión preliminar del Artículo 26 (la numeración actual puede cambiar en el futuro) dice así: “Todos pueden crear, buscar, recibir, almacenar y diseminar información”.

Cabe recordar que no es necesario repudiar al copyright como concepto para quebrar la exibilidad práctica de los derechos de copyright. Tal como lo señala Cory Doctorow, la computadora personal es una máquina para copiar bits, y cualquier modelo de negocio que dependa de impedirle copiar bits a la gente está condenado al fracaso. Exigir el copyright digital es simplemente imposible dentro de los principios tradicionales que hasta hoy han regido dicho concepto, y requiere un bloqueo totalitario de los medios de comunicación impuesto por un superpoder y sus secuaces, sin precedente alguno desde el viejo imperio soviético.

Simplemente restablecer las doctrinas tradicionales del uso justo y la primera venta, implicaría la muerte del principio de copyright en la práctica. Éstos principios son los que regían en la ley de copyright para los medios impresos en los Estados Unidos alrededor de 1980, y que regían también la vieja legislación del tema en España, por lo cual Estados Unidos y otros países del aquelarre del DRM amenazaron en convertirla en un Estado Paria.

Incluso las nuevas provisiones legales islandesas que eliminan la responsabilidad legal de los ISPs en cuanto a copyright lastimaría bastante su exigibilidad. Y es poco probable que las cortes sean más propensas a alinearse con intentos de cerrar ISPs a través de amenazas legales sin atenerse al debido procedimiento en casos de supuesta “piratería”, que en casos de difamación y revelación de secretos de estado. Simplemente eliminando la habilidad de las industrias de contenido de reclutar a los ISPs como cómplices será un gran paso adelante.

Podemos apostar a que, incluso sin legislación adicional, Islandia será una sede bastante poco amigable para los nazis del copyright.

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Kevin Carson es un autor mutualista contemporáneo, anarquista individualista e investigador asociado en el C4SS. Es autor de varios libros, entre los cuales destacan Studies in Mutualist Political Economy, Organization Theory: An Individualist Anarchist Perspective, y The Homebrew Industrial Revolution: A Low-Overhead Manifesto, los cuales están disponibles en línea de manera gratuita. Carson también ha escrito para publicaciones impresas como The Freeman: Ideas on Liberty y una variedad de blogs y journals electrónicos, incluyendo Just Things, The Art of the Possible, P2P Foundation y su Mutualist Blog. Varios de sus trabajos se encuentran traducidos al español en Mutualismo.org.

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