¿De la Primavera Árabe a la Revolución de Otoño?

En el verano del 2010 Wikileaks horrorizó al establishment de la seguridad nacional norteamericana con la publicación de decenas de miles de cables clasificados del Departamento de Estado. Los documentos incluían detalles vergonzosos sobre la corrupción interna de un número importante de regímenes árabes, y ayudó a precipitar una “Revolución Facebook/Twitter” en Tunisia que culminó con el derrocamiento del gobierno. De ahí en adelante estas revoluciones de base en las que las redes sociales jugaron un rol importante, se esparcieron a Egipto y Libia, tumbando a sus regímenes. Y el fuego sigue candente en Bahrain, Yemen y Siria.

La Primavera Árabe no es más que la intensificación de un proceso que empezó en los años 90, descrito por John Arquill y David Ronfeldt de la Rand Corporation, que consiste en el auge de las organizaciones en forma de red y el concomitante fortalecimiento de la gente de a pie frente a las instituciones jerárquicas como los estados y las corporaciones.

Tal como lo plantea el analista de seguridad global John Robb del blog Global Guerrillas en una entrevista a publicarse próximamente en la revista Interesting Times, “los movimientos de código abierto acaban de reemplazar a un montón de gobiernos en medio oriente”. El modelo “Bazar” del prominente teórico y programador de código abierto Eric Raymond (el modelo de organización en red no solo de la comunidad desarrolladora de Lynux, sino también del movimiento anti-globalización, el movimiento de compartimiento de archivos, y de movimientos de Guerra de Cuarta Generación como Al Qaeda) es también fundamental para entender la Primavera Árabe.

Este modelo de resistencia organizada en redes está convirtiéndose en un fenómeno global, expandiéndose a Europa, Israel y Wall Street. El aparato de seguridad israelí advirtió el verano pasado, con considerable indignación, que el estado israelí no podía tomar ninguna acción efectiva si los palestinos comenzaban una nueva y pacífica Intifada basada en el modelo de la Primavera Árabe. Eso es exactamente lo que han hecho, en alianza con activistas israelíes de derechos humanos y de justicia económica, levantando tiendas de campaña por todo el país. Y el movimiento de ocupación de Wall Street merecería varias columnas en sí mismo.

Este movimiento es posiblemente ya más grande que el último fenómeno que se le puede comparar, la ola global de protestas en los años 60 que incluyeron al Verano del Amor, la huelga general francesa y la Primavera de Praga. Es el resultado de una generación desilusionada con la política convencional y la futilidad de intentar la “reforma” a través de un estado dominado por intereses institucionales corruptos. En lugar de ésto, están volcándose a la auto-organización y la acción directa. Marta Solanas, una española de 27 años, describe el movimiento como el resultado de una crisis de legitimidad: “Somos la primera generación que dice que votar es futil.” Dos slogans son relevantes en esta coyuntura: “Construyendo la estructura de la nueva sociedad en la cáscara de la vieja sociedad”, y “Sé el cambio que quieres ver”.

La Primavera Árabe (que rápidamente se está conviritiendo en la Primavera Global, o quizás, con disculpas a Ken MacLeod, la Revolución de Otoño), al igual que el movimiento post-Seattle, difiere de las protestas de 1968 en un aspecto fundamental. El movimiento de la juventud del 68 operó dentro de los límites de un sistema definido por las muy jerárquicas y burocráticas instituciones contra las que peleaba. Estaba limitado por una arquitectura de transmisión centralizada y unidireccional, en la que la habilidad que uno tenía de llegarle a grandes números de personas estaba controlada por guardianes a la entrada de unas cuantas corporaciones mediáticas.

Los movimientos de hoy surgen en un mundo donde la arquitectura de muchos-a-muchos de la Web y el “super-poder individual” que resulta de plataformas globales y gratuitas, le permiten a individuos enfrentarse de igual a igual a instituciones gigantescas. Movimientos organizados en red prácticamente carentes de un aparato administrativo permanente, atacan como un enjambre a instituciones enormes sin aviso previo, abrumando su capacidad de reacción. Tal como lo estipula el académico Yochai Benkler, estudioso de los sistemas en red:

“Se trata de una generación de gente entre 20 y 30 años que está acostumbrada a la auto-organización. Cree que la vida puede ser más participativa, más descentralizada, menos dependiente de los modelos tradicionales de organización, tanto en el el estado como en la gran empresa. Éstos representaban la manera dominante de hacer las cosas en la era industrial, pero ya no lo son.”

Cuarenta años atrás, los hippies y la Nueva Izquierda nadaron contracorriente en la pelea contra las tendencias tecnológicas e institucionales de aquel entonces. Hoy la marea tecnológica está de nuestro lado, y nos comeremos a las gigantes instituciones burocráticas como un banco de pirañas. Exhibiremos sus cabezas sangrantes en nuestras fortalezas.

Un nuevo mundo está naciendo. Sólo espero poder vivir lo suficiente para ver como termina siendo.

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Kevin Carson es un autor mutualista contemporáneo, anarquista individualista e investigador asociado en el C4SS. Es autor de varios libros, entre los cuales destacan Studies in Mutualist Political Economy, Organization Theory: An Individualist Anarchist Perspective, y The Homebrew Industrial Revolution: A Low-Overhead Manifesto, los cuales están disponibles en línea de manera gratuita. Carson también ha escrito para publicaciones impresas como The Freeman: Ideas on Liberty y una variedad de blogs y journals electrónicos, incluyendo Just Things, The Art of the Possible, P2P Foundation y su Mutualist Blog. Varios de sus trabajos se encuentran traducidos al español en Mutualismo.org.

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El Estado es Terrorismo Institucionalizado

Para muchos estadounidenses situados cómodamente en el centro del imperio, el 11 de Septiembre fue un duro despertar, y no solo en la forma más obvia; para aquellos que se tomaron el tiempo de considerar a fondo los terribles eventos de ese día diez años atrás, la escena tenebrosa de muerte y destrucción añadió sombras grises a su paradigma sobre cómo funciona el mundo, a sus ideas sobre el rol de los Estados Unidos en el panorama global.

Antes de ese día era al menos más fácil ver a la “Tierra de los Libres” como una fuerza para el bien que esparce la democracia por el mundo y que ofrece un ejemplo de libertad y apertura para las retrógradas sociedades en el mundo “subdesarrolado”. Y para muchos, el 11 de Septiembre confirmó la exhuberante narrativa de “Los Estados Unidos como Luz de la Esperanza” nutrida por la clase política y sus mensajeros en los medios corporativos.

Otro grupo mucho más pequeño, pero quizás más pensante que sus contrapartes, vio algo perturbador en el montón de escombros y cadáveres. Para ellos, a pesar de que los bárbaros y sádicos terroristas eran “tipos malos” de primer orden, los Estados Unidos dejaron de ser necesariamente los “tipos buenos” de la película.

Para ellos simplemente no habían más “tipos buenos”, no más caballeros de armaduras relucientes, sino malefactores en competencia que a través de sus malas acciones están haciendo la vida miserable para el resto de nosotros. En lugar de ver los ataques como algo aleatorio y que no correspondía a una provocación, vieron que además de ser una atrocidad moral, los ataques fueron una consecuencia de algo que los estadounidenses supuestamente no deben saber.

Se supone que debemos pensar en la expansión de la democracia y el capitalismo global como cosas buenas, y en los Estados Unidos como un instrumento en servicio de estos nobles objetivos. Y si las versiones de democracia y capitalismo global promovidas por los Estados Unidos se correspondiesen con las lindas y elaboradas campañas de relaciones públicas a su favor, éstas serían cosas buenas.

Hace no demasiado tiempo el concepto de imperio se consideraba algo digno de reverencia y admiración. Los británicos, por ejemplo, se jactaban de que el sol nunca desaparecía sobre su imperio, y la adición de nuevas colonias era una fuente de orgullo.

Pero hoy, debido a que el “colonialismo” y el “imperialismo” son términos empleados por los hombres de estado sólo en sentido peyorativo, su sustancia es empaquetada en un nuevo y más neutro lenguaje. Y así es como la globalización ha tomado el lugar de la colonización.

Debido a que la interconetividad económica global ha sido tan exitosamente envuelta en la fraseología de la libre empresa, es fácil pasar por alto qué tanto ésta depende de la intervención coercitiva del estado. De hecho, el modelo económico corporativo que hoy es dominante en el mundo entero es completamente dependiente del imperialimo militar.

Los ataques del 11 de Septiembre fueron totalmente injustificados, pero también fueron un resultado directo de la igualmente injustificada y mucho más predominante violencia ejercida sobre el mundo árabe por los Estados Unidos. Durante largos y terribles años antes de que los periodistas corporativos comenzasen a hablar del “Islam radical” o de “la amenaza terrorista”, areas desde Turquía hasta Kuwait y más allá estaban minadas con bases militares estadounidenses.

La gente que vivía en esta regiones se veía a sí misma como ocupada por un poder extranjero, y estaban en lo cierto. Vieron la relación de quid pro quo (intercambio de millardos en ayuda militar por acceso e influencia) como corrosivas de su soberanía e independencia. Vieron el intervencionismo y el derramamiento de sangre, y entendieron algo sobre el imperio americano que el nacionalismo y patriotismo impide ver muchas veces a los propios estadounidenses.

Sinembargo, en lugar de ver el deplorable asesinato masivo del 11 de Septiembre como una oportunidad para la genuina reflexión y el análisis crítico, la clase política convenció a los americanos de que la solución era una forma aún más extrema de patriotismo. Después del terrible horror de ese día, la actitud prevalente asumió como tabú cualquier discusión sobre el mecanismo causal entre imperialismo y terrorismo.

Tal como lo señala Glenn Greenwald, la “mentalidad post-11/S… está pefectamente diseñada (aunque de manera no intencional) para asegurar que los ataques terroristas no solo continúen en los Estados Unidos, si no que éstos sigan aumentando infinitamente”. El 11 de Septiembre le ha proporcionado a la clase dirigente en Washington la herramienta ideal para perpetrar la guerra sin fin.

Los anarquistas de mercado no son apologistas del terrorismo. Al contrario, al someter al estado al mismo escrutinio moral que los secuestradores aéreos del 11 de Septiembre, vemos a los Estados Unidos también como una organización terrorista, opuesta a la cooperación e intercambio comercial pacíficos.

La gran mayoría de la gente del mundo está atrapada entre varias instancias de coerción arbitraria. Todos los estados son, como lo es Al Qaeda, fundamentalmente criminales. El anarquismo de mercado es una opción que resalta la indeseabilidad e inmoralidad del monopolio sobre la violencia ejercido por el estado. Este 11 de Septiembre es un buen momento para recordar que el estado es terrorismo institucionalizado; que es exactamente aquello contra lo que supuestamente lucha.

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David D’Amato es el analista de noticias de C4SS, abogado y anarquista de mercado con un LL.M. en ley comercial en la Escuela de Leyes de la Universidad de Suffolk. Su aversión a la superstición y a toda forma de autoridad política se manifiesta en www.firsttruths.com

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Swadeshi de Alta Tecnología

Mis lectores regulares saben que uno de mis temas favoritos es que la acción política suele ser futil, o cuesta más en esfurezo de lo que genera en resultados. Como lo dijo Charles Johnson, uno puede esquivar la represión impuesta por las leyes y aquellos a los que ésta privilegia con una pequeña fracción del esfuerzo que requeriría cambiar dichas leyes a través del proceso político.

En lugar de desperdiciar tiempo y desgastarse emocionalmente peleando para eliminar subsidios y protecciones regulatorias a las grandes corporaciones, o pedir permiso al gobierno para hacer uso de las formas de organización social y económica que deseamos, debemos poner nuestro esfuerzo, simplemente, en construír el tipo de sociedad que anhelamos.

Uno de los mejores ejemplos que yo haya visto jamás en este sentido es el proyecto “Ecología de Código Abrieto” (ECA), con su solar de demostración, la “Granja Factor e”, cerca de la ciudad de Kansas en Estados Unidos. Liderado por Marcin Jakubowski, ECA intenta crear los fundamentos tecnológicos para economías locales verdaderamente descentralizadas, de bajo costo y diversificadas. Su objetivo es crear la maquinaria de producción para dicho tipo de economía junto con herramientas básicas para la vida cotidiana. Y el proyecto es extremadamente relevante para las necesidades no solo de las economías industriales re-localizadas de Occidente, sino también para las economías rurales del Tercer Mundo.

El proyecto incluye un “Set de Construcción de la Aldea Global” (SCAG) de cincuenta herramientas, incluyendo máquinas-herramienta numéricamente controladas de código abierto como torno, taladradora hidráulica, molino, acanalador, mesa de corte e impresora 3-D, junto con un horno de inducción para fundir, un extractor de aluminio a partir del ladrillo, un extrusor bioplástico, y un molino de fabricación de circuitos.

Las herramientas para la vida cotidiana incluyen una turbina de viento escalable hasta 50 KW y un generador de vapor, máquina trilladora, un empacador de heno, el tractor LifeTrac, un mezclador de cemento, aserradero, retroexcavadora y buldozer, una unidad de energía hidráulica multi-propósito, un pulverizador de tierra y una torre de perforación de pozos.

El progreso de la “Granja Factor e” ha sido espectacular.

La mayoría de las máquinas-herramienta controladas numéricamente han sido diseñadas. Otras herramientas ya están en fase de producción serial. Todos los diseños son de código abierto, accesibles gratuitamente para todo el que quiera ponerlos a producir en cualquier lugar del mundo.

Además, el proyecto se alimenta de una gran operación de permacultura.

La red de fans de ECA provee al proyecto con 7.000 dólares mensuales de financiamiento. El proyecto obtuvo una donación reciente de 60.000 dólares, y la Kauffman Foundation está a punto de hacerle otra de 100.000 dólares que se usará para “escalamiento de producción y entrenamiento de fabricantes en replicabilidad empresarial”.

Con los niveles actuales de fondos se están desarrollando simultáneamente diez proyectos SCAG, y Jakubowski proyecta que el paquete entero estará completamente listo en 2012.

La belleza de todo esto es que la cualidad “hecho en casa” de las herramientas significa que son extraordinariamente baratas en comparación a sus contrapartes comerciales. Una impresora 3-D o una mesa de corte se puede producir por unos pocos cientos de dólares. La otra cualidad interesante es que la producción a pequeña escala en un fábrica casera prácticamente nulifica las leyes sobre patentes. Al igual que las leyes sobre propiedad intelectual, las patentes se diseñaron para una era en que la producción era cara y controlada por un puñado de corporaciones. Los costos de transacción de detectar violaciones a dichas leyes y exigir su cumpplimiento por parte de una empresa casera que produce a una escala tan pequeña son altísimos.

Estas nuevas tecnologías probablemente sustituirán una proporción creciente de la manufactura tradicional, a medida que las economías caseras locales vayan llenando los huecos dejados por el colapso de las cadenas corporativas de producción y distribución causado por la era que se avecina del barril de petróleo a 200 dólares.

Más importante aún, éstas tecnologías son ideales para las economías rurales del Tercer Mundo. El costo extremadamente bajo de la maquinaria de producción implica que por unos 10.000 dólares se puede fabricar cualquier bien de consumo o herramienta que necesita un pueblo o favela del tercer mundo (excepto algunas cosas como microprocesadores) a una escala adecuada a la demanda local. Y esta economía local y diversificada puede sobrevivir independientemente de los mercados internacionales de capital y las flotas gigantescas de barcos de carga.

Esta tecnología está literalmente haciendo pedazos la racionalización que se usa para justificar los modelos de desarrollo basados en la exportación de materias primas y mano de obra esclava, hechos a la medida para la conolización corporativa. La revolución micromanufacturera es la tendencia opuesta a la tarnsformación tecnológica que hizo surgir a los sistemas de sueldos y fábricas, osea, permite la sustitución de maquinaria cara y producto-específica por herramientas baratas y de propósito general.

Muy pronto, la gente de una aldea del tercer mundo podrá decirles a las corporaciones multinacionales: “Gracias, pero no. Preferimos usar nuestras materias primas y cosechas para nuestro propio beneficio, y nuestra fuerza de trabajo para producir nosotros mismos. Ya no requerimos de sus servicios”.

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Kevin Carson es un autor mutualista contemporáneo, anarquista individualista e investigador asociado en el C4SS. Es autor de varios libros, entre los cuales destacan Studies in Mutualist Political Economy, Organization Theory: An Individualist Anarchist Perspective, y The Homebrew Industrial Revolution: A Low-Overhead Manifesto, los cuales están disponibles en línea de manera gratuita. Carson también ha escrito para publicaciones impresas como The Freeman: Ideas on Liberty y una variedad de blogs y journals electrónicos, incluyendo Just Things, The Art of the Possible, P2P Foundation y su Mutualist Blog. Varios de sus trabajos se encuentran traducidos al español en Mutualismo.org.

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El Mito del “Vacío de Poder”

Mientras que un mercado genuinamente libre crea el tipo de competencia por consumidores que sirve a la sociedad en general, asegurando la calidad y mitigando la amenaza de la monopolización, el estado crea un proceso competitivo para controlar los centros de poder coercitivo. En un ambiente social y económico definido por los caprichos de la élite, la tentación por hacerse de las palancas que controlan el aparato de poder siempre estará presente.

Son los corruptos e inescrupulosos de la sociedad los que aspiran a usar la fuerza para su propio bien en lugar de acercarse a sus vecinos a través del libre mercado, osea, a través del intercambio y la cooperación. Según NPR News, la reciente muerte de Ahmed Wali Karzai, hermano del presidente afgano Hamid Karzai, “deja un vacío de poder en el sur del país”, o mejor dicho, una oportunidad para que un nuevo matón suplante al fallecido.

Ahmed Wali Karzai ha sido acusado de muchas cosas, entre ellas el ser un agente de la CIA y una figura central en el narcotráfico afgano, aunque él mismo siempre dijo que era víctima de “los vicios más bajos de la política”. Durante años se ha debatido si Karzai era un zar de la corrupción en Afganistán o simplemente un participante más en un juego de sobornos políticos parecido al que predomina en los Estados Unidos.

Para aquellos entre nosotros que abogamos por una sociedad basada en asociaciones y acuerdos voluntarios, la diferencia entre ambos sistemas es difícil de definir. Debido a que la política es un proceso que utiliza sistemáticamente la fuerza para tomar de los muchos y enriquecer a los pocos, ésta es necesariamente corrupta, incluso cuando toda ella sea legalmente legítima.

Cuando los aparentemente “respetables” comentaristas de noticias de los medios tradicionales hablan sobre el vacío que deja Karzai, alabándolo por haber sido alguien que “trajo un grado de estabilidad” a la región, revelan sus descuidadas premisas sobre el estado. Para los miembros de la clase dedicada a lo que ellos llaman “discurso razonable”, el poder político es como mínimo necesario, y nunca es cuestionado en sí mismo.

Por lo tanto, cuando alguien como Karzai muere, sin importar que tan detestable pueda parecer, los voceros de la clase gobernante se alinean para asegurarse de que la discusión es sobre quién debe tomar su lugar para llenar el temido “vacío de poder”. El hecho de que el lugar en sí mismo, la posición de poder político, sea la causa fundamental de los problemas sociales, no es siquiera considerado.

Son éstas posiciones de poder arbitrario las que el anarquismo de mercado busca eliminar, no a través de la violencia, no para fomentar el caos, sino para permitir que la sociedad se gobierne a sí misma a través del mutuo respeto individual. Tal como lo expresó el filósofo Roderick Long, “si por ‘política’ se entiende la opresión legalizada practicada por los gobernos, entonces los libertarios ciertamente estamos peleando por la abolición de la política”.

Gente poderosa como Karzai no son necesarios en lo absoluto para amortiguar los conflictos o mediar las diferencias entre grupos. En una sociedad en la que no existiese el estado para acumular riqueza para unos cuantos, bloqueando la genuina competencia, los conflictos podrían resolverse a través de un gran número de métodos pacíficos.

El proceso político parece ser necesario hoy en día solo porque crea una guerra dentro de la sociedad en la que distintas facciones comerciales y grupos de interés regatean por una porción mayor del botín obtenido por medio del saqueo. Si algo demuestra la familia Karzai no es que la ambiguedad moral sea una consecuencia ineludible de hacer funcionar a la sociedad de manera estable.

Todo lo contrario: lo que demuestra es que el estado es inherente y fundamentalmente un tipo de institución que se basa en relaciones que todos nosotros consideraríamos como criminales en nuestas vidas cotidianas. No existe un “vacío de poder” que tenga que ser llenado por el poder político. El poder social, del tipo que emerge de las interacciones e intercambios pacíficos entre las personas, es más que suficiente para crear orden social.

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David D’Amato es el analista de noticias de C4SS, abogado y anarquista de mercado en proceso de obtener un LL.M. en ley comercial en la Escuela de Leyes de la Universidad de Suffolk. Su aversión a la superstición y a toda forma de autoridad política se manifiesta en www.firsttruths.com

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China: ¿República Popular o Elitista?

En un artículo reciente publicado por la BBC, el Dr. Damian Tobin de la Escuela de Estudios Africanos y Orientales analiza la correlación entre el crecimiento económico y las “crecientes desigualdades entre ricos y pobres” en China. Aludiendo a “la privatización de las empresas estatales”, Tobin insinúa que las causas de los “peligrosos niveles de desigualdad” en China son el alejamiento del intervencionismo estatal y de la planificación económica.

La idea es que aunque algo como la “libre empresa” pueda generar crecimiento y “riqueza privada”, ésta es insuficiente en sí misma (osea, sin el estado) para moderar o hacer más igualitarios los niveles de riqueza de los ciudadanos en general. Pero aunque Tobin esté en lo cierto al ver que algo anda muy mal en la economía china, los problemas que él ve son causados por el estatismo en lugar del genuino libre mercado.

Un auténtico libre mercado no es solo el sistema económico consistente con el respeto a la vida humana y el trabajo, sino también el medio más idóneo para alcanzar una justa distribución de la riqueza. En oposición al programa económico altamente influenciado por el estado que tenemos hoy en día en casi todo el mundo, un mercado liberado sería aquel en el que no existiesen los privilegios especiales ni los subsidios a las corporaciones: el estado, por definición, no tendría nada que hacer en cuanto a escoger ganadores y perdedores.

Mientras que hoy en día uno puede establecer una correspondencia entre el tamaño de una industria y su ejército de lobistas, un mercado libre carecería de ventajas injustas por las que se puediese pelear en la arena política. El incestuoso juego de Monopolio en el que algunos esperan hacerse del poder coercitivo del estado para bloquear la verdadera competencia es inherente a los incentivos creados por los sistemas basados en la autoridad.

No debería sorprendernos que cuando se introduce la violencia sistemática en la esfera económica, son los ricos y privilegiados los que más ganan. A pesar de que el preocuparse por los pobres y los trabajadores está hoy asociado a la idea de un estado total y omnipotente, el estado jamás ha sido el aliado del victimizado y desaventajado.

El estado es más bien un órgano de la élite de poder, una agrupación de intereses económicos que aspira a acallar toda opinión fuera de la economía estatista. Cualquier cosa que haga el estado que parezca superficialmente ayudar al pobre tiene como objetivo mantener los engranajes de la economía funcionando de manera que la estructura corporativa oligpólica no se destruya a sí misma.

El mito del estado como santo salvador es especialmente amenazador para los trabajadores y agricultores chinos. En 1850, el economista de libre mercado Friederic Bastiat describió la lucha creada por el estado, en la cual todos “dirigen sus esfuerzos a contribuír poco, y tomar mucho, del fondo común de sacrificios”.

Preguntándose retóricamente si “los ganadores de esta lucha serían los menos afortunados”, Bastiat respondía que “definitivamente no, más bien los ganadores tienden a ser los más influyentes y calculadores”. Bastiat entendió que la interferencia estatal en la economía, aunque muy frecuentemente sea mercadeada con lenguaje populista, es un hecho puramente elitista. El libre mercado, por lo contrario, definitivamente no está hecho para monopolios enormes y operadores políticos estrenduosamente ricos.

En China, son las masas trabajadoras las que sufren la desfiguración estatal de la economía de intercambios libres y pacíficos, no los multi-millonarios acaparadores de riqueza. La verdad es que todavía no nos ha sido posible ver el tipo de distribución de la riqueza que produciría un mercado verdaderamente libre.

En China no existe el libre mercado. La presente encarnación de su nuevo y nominal sistema de “libre empresa” conlleva un intervencionismo estatal que infecta casi todas las células vivientes del organismo económico. El anarquismo de mercado puede demostrar que la concentración actual de la riqueza en las manos de unos pocos es un síntoma del proceso de cercado económico llevado a cabo por el estado para beneficiar a las Grandes Empresas.

Las disparidades de riqueza como las que existen en China requieren la participación activa del estado. Por lo tanto, para remediar dichas disparidades se requiere la lenta eliminación del estado a través del comercio y la cooperación mutuamente beneficiosos. Eso es lo que significa un libre mercado para nosotros, y eso es lo que China, y el resto del mundo, necesitan.

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David D’Amato es el analista de noticias de C4SS, abogado y anarquista de mercado en proceso de obtener un LL.M. en ley comercial en la Escuela de Leyes de la Universidad de Suffolk. Su aversión a la superstición y a toda forma de autoridad política se manifiesta en www.firsttruths.com

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