¿Qué tal un poco de verdadera austeridad?

Traducido por Alberto Jaura de Mutualismo.org

En un reciente ­artículo de opinión en la BBC, el historiador económico Niall Ferguson argumenta que “los jóvenes deberían abrazar la austeridad”. Señalando las “enormes deudas” acumuladas por las democracias occidentales, Ferguson sugiere que las voces críticas “están en lo cierto al percibir que algo va mal en nuestras instituciones políticas”.

Su respuesta se asemeja a una especie de restauración del contrato social, una equidad renovada en la distribución de la riqueza social entre las generaciones. Al recomendar la austeridad, Ferguson dice que deberíamos abrazar una regulación más dura sobre nosotros mismos, así como sobre políticos y banqueros. Pero hay algo incorrecto en la política económica de la austeridad sobre lo que Ferguson no está poniendo atención.

No sorprendentemente, siempre son los salarios y las pensiones de la gente trabajadora las que están sujetas a los diversos recortes que atienden a la mal llamada “austeridad”. La cultura de rescate permanente del capitalismo occidental continúa ininterrumpida, haciendo, en palabras del antropólogo Marvin Harris, “de la austeridad para la mayoría, y del socialismo para los ricos, una cuestión de deber patriótico”.

Existe la presunción (que se da en toda la conversación en torno a las ideas libertarias y de libre mercado) de que en tanto que los profesores o los trabajadores del transporte público, por ejemplo, reciben su paga del estado, son enemigos de la libertad y del contribuyente. Puesto que trabajan en monopolios estatales, afirma este argumento, por definición se les paga por encima de lo que lo justificaría la cantidad y calidad de su trabajo.

Los anarquistas de mercado consideran las cosas de forma algo diferente, sosteniendo que las actuales transgresiones de los principios legítimos del libre mercado van mucho más lejos de los que muchos sedicentes libertarios reconocen. No hay duda de que los monopolios estatales, que en general no tienen necesidad de responder a las necesidades de las comunidades, proveen de servicios inferiores a precios excesivos.

Con todo, los libertarios no deben simplemente asumir que la existencia de monopolios estatales implique que sus trabajadores estén necesariamente mejor pagados de lo que lo estarían en condiciones de genuino libre mercado. Los anarquistas de mercado argumentan que las restricciones arbitrarias en el libre intercambio y en la ocupación de la tierra crean una oferta de trabajadores asalariados artificialmente inflada, gente que en otras condiciones podría ser autónoma o trabajar cooperativamente con otras personas en pequeñas empresas.

Al contratar trabajadores, por tanto, las clases empleadoras, incluyendo las agencias estatales, pueden pagar menos de lo que lo harían en otras condiciones. La trabajadora infra-remunerada acomete un mayor esfuerzo y crea más valor de lo que lo haría por la misma compensación si no hubiera todo un catálogo de privilegios concedidos por el estado a los empleadores. En Grecia, como en cualquier otro lugar dentro del dominio del capitalismo monopólico, las instituciones grandes y jerárquicas dependen para su existencia de una amalgama de barreras de entrada al mercado, “derechos” de propiedad intelectual y subsidios.

 Combinados, estos factores legales crean un paradigma económico en el que la capacidad de “elegir” existe sólo en su más restringido significado. La competencia entre un puñado de gigantescos contendientes corporativos no es competencia en absoluto. Una libertad económica genuina vería a estas empresas titánicas lidiar con enfoques económicos que estarían completamente fuera de la economía formal del nexo monetario y el pago por horas con horarios de nueve a cinco.

Sin monopolio sobre la tierra y sin subsidios a los grandes agronegocios, los individuos podrían experimentar con verdadera independencia alternativas viables para los productos básicos. Sin licencias profesionales y sin las protecciones de la “propiedad intelectual”, podrían construir para sí mismos y hacer para sí mismos lo que sólo a enormes corporaciones multinacionales les está permitido construir y hacer actualmente.

Una vez que se empieza a comprender la profundidad del privilegio estatal, es absurdo imaginar que la trabajadora media está en mejores condiciones ahora de lo que lo estaría bajo condiciones de competencia desatada – ese estado de cosas tan a menudo malinterpretado como el preferido por las grandes empresas.

El argumento del anarquismo de mercado es ciertamente un argumento a favor de la austeridad. Pide poner fin a las estructuras innecesarias que impiden a los individuos organizar una economía de intercambio mutuo y cooperación voluntaria genuinas. Pide poner fin a los rescates, los subsidios de bienestar corporativo y la protección de las patentes de las multinacionales.

Éstas – y no las pensiones y los salarios de los trabajadores – son las cosas que conducen al sistema económico globalizado hacia un precipicio que se alza sobre el oscuro abismo de la depresión mundial. Cuando haya auténtica austeridad para los ricos y los corruptos, las verdaderas sanguijuelas de la sociedad productiva, entonces podremos hablar.

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David D’Amato es el analista de noticias de C4SS, abogado y anarquista de mercado con un LL.M. en ley comercial en la Escuela de Leyes de la Universidad de Suffolk. Su aversión a la superstición y a toda forma de autoridad política se manifiesta en www.firsttruths.com

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Si se Hace en Estados Unidos, no es Capitalismo de Estado

Roderick Long, profesor de filosofía de la Universidad de Auburn, acuñó el término “conflacionismo” para identificar la tendencia a confundir la noción de un mercado libre —tanto cuando se le ataca como cuando se le defiende— con el sistema capitalista tal como existe hoy en día. El conflacionismo de izquierda es la práctica de atacar los males del capitalismo corporativo existente como si fueran el resultado del “liberalismo” o del “libre mercado”. El conflacionismo de derecha es la defensa del status quo argumentando que “las virtudes imaginadas de la imaginada noción de un mercado libre constituyen una justificación para el capitalismo corporativo existente”. Osea, disimular la defensa del corporativismo con la “retórica del libre mercado”.

El número del 21 de enero de la revista The Economist, dedicada al tema del “Capitalismo de Estado”, es un ejemplo estelar de conflacionismo de derecha. Los escritores identifican el “capitalismo de estado” con un cierto grado de propiedad o control estatal de las empresas que compiten en el mercado, o con lo que solía llamarse “política industrial” (es decir, cuando el gobierno canaliza fondos de inversión hacia quienes percibe como “ganadores” económicos).

El capitalismo de estado incluye el modelo chino, en el cual el estado organiza el equivalente chino del zaibatsu integrado verticalmente y reserva una parte importante de los puestos de alta gerencia a oficiales del gobierno; el capitalismo cleptocrático u oligárquico al estilo ruso; y el capitalismo del petro-estado, en el cual el estado dirige petrodólares en favor de proyectos de desarrollo predilectos.

Tales formas de “capitalismo dirigido por el estado” son contrastadas, por supuesto, con el modelo anglo-americano de “capitalismo liberal”, ese al que Mitt Romney llama “Nuestro Sistema de Libre Empresa”. Al parecer, los años 80 y 90 fueron una era de “triunfalismo de libre mercado” bajo el liderazgo de los grandes capitanes Thatcher y Reagan. Hasta que uno osa rasgar la superficie. El supuesto “capitalismo liberal” tiene sus propios “puestos reservados”, según se ve —para los ex gerentes corporativos como nominados políticos en las agencias federales, y para ex funcionarios gubernamentales en la alta gerencia de las grandes corporaciones. Cualquier persona que ha visto los recientes diagramas Venn del traspaso de personal entre Monsanto y el de USDA (el Departamento de Agricultura de los Estados Unidos), o de la farmacéutica Pfizer y la FDA (la Administración de Medicinas y Alimentos), sabrá inmediatamente de lo que estoy hablando. Y el presidente Barack Obama —el fan “socialista” de Saul Alinsky del que tanto hemos oído hablar— ciertamente ha reservado muchos de los asientos en su gabinete para ex peces gordos de Goldman-Sachs y Monsanto.

Me pregunto qué pensarán los escritores de The Economist de un modelo de “capitalismo liberal” en el que los acuerdos internacionales de “propiedad intelectual” son redactados en secreto por los representantes oficiales de la industria del cine y de la música, y solo a posteriori son remitidos a otras “organizaciones de la sociedad civil para su revisión”. O en la cual el jefe de la Asociación Cinematográfica de los Estados Unidos, Chris Dodd, anuncia orgullosamente que el Stop Online Piracy Act (SOPA) fue redactada en un “proceso democrático” en el cual “todas las partes interesadas” tuvieron voz y voto (en donde “todas las partes interesadas” son las mayores empresas del cine, música y software).

Me pregunto qué piensan de una economía corporativa transnacional en la cual los más prominentes protagonistas del “capitalismo liberal” occidental son desesperadamente dependientes de los subsidios directos, del poder monopólico que les brinda la “propiedad intelectual” creada por el estado, o de ambos, para generar beneficios.

Piénselo bien. Están las empresas conectadas directamente a los complejos industriales militares y de seguridad, con el DOD (Departamento de Defensa) o el TSA (la Administración de la Seguridad en el Transporte) como sus principales clientes. Está la industria de la electrónica, cuya investigación y desarrollo fue financiada principalmente por el gobierno durante la guerra fría, y a la que se le protege contra la competencia global por el drástico fortalecimiento de las patentes bajo los acuerdos TRIPS. Y las industrias biotecnológicas y farmacéuticas, donde al menos la mitad de su investigación es financiada por los contribuyentes y son sumamente dependientes de la protección brindada por las patentes otorgadas por el gobierno para mantener sus beneficios y cuotas de mercado monopólicos. Y está también la agro-industria corporativa —en fin, que más decir.

Tomando en cuenta todo ésto, no es difícil percatarse de que el sistema económico dominante en el mundo occidental es un monstruo jerárquico controlado por un directorio integrado por grandes corporaciones y agencias gubernamentales, en el que la mayoría de los costos operativos de las empresas dominantes se socializan (y los beneficios, por supuesto, se privatizan), y en el que el proteccionismo brindado por la “propiedad intelectual” y otros cárteles regulatorios permiten que dinosaurios burocrático-corporativos al mejor estilo de la película “Brasil” de Terry Gillian, operen con ganancias y sin temer de la competencia.

Vaya “capitalismo liberal”. ¿Capitalista? Seguro. ¿Liberal? No tanto.

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Kevin Carson es un autor mutualista contemporáneo, anarquista individualista e investigador asociado en el C4SS. Es autor de varios libros, entre los cuales destacan Studies in Mutualist Political Economy, Organization Theory: An Individualist Anarchist Perspective, y The Homebrew Industrial Revolution: A Low-Overhead Manifesto, los cuales están disponibles en línea de manera gratuita. Carson también ha escrito para publicaciones impresas como The Freeman: Ideas on Liberty y una variedad de blogs y journals electrónicos, incluyendo Just Things, The Art of the Possible, P2P Foundation y su Mutualist Blog. Varios de sus trabajos se encuentran traducidos al español en Mutualismo.org

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Por qué las redes autoorganizadas destruirán las jerarquías

Las jerarquías son sistemáticamente estúpidas e ineficientes por las siguientes razones:

1. Problemas de información hayekiana. La gente con autoridad para hacer las normas interfiere con la gente que sabe cómo se hace el trabajo y está en contacto directo con la situación. Las personas que hacen las normas no saben nada del trabajo en el que interfieren. Las personas que hacen las normas no rinden cuentas ante las personas que saben cómo hacer el trabajo. Por lo tanto, las normas basadas en la autoridad crean resultados subóptimos e irracionalidad cuando interfieren en el juicio de aquellos que están en contacto directo con la situación.

Las personas que tienen autoridad toman decisiones estúpidas porque la gente que sabe más que ellos son sus subordinados, y las únicas personas ante quienes son responsables saben todavía menos que ellos.

La única manera de que la gente que trabaja pueda llegar a hacer algo es tratando a la autoridad irracional como un obstáculo que tiene que ser sorteado, de la misma forma que internet trata la censura como un perjuicio y la sortea.

2. Pensar en grupo. Las jerarquías suprimen sistemáticamente la retroalimentación negativa sobre los resultados de sus políticas. Como ha dicho RA Wilson, nadie dice la verdad a un hombre con una pistola. Las jerarquías son muy buenas para decir a los emperadores desnudos lo bien que les sienta su ropa.

Las jerarquías también suprimen sistemáticamente la capacidad de pensar críticamente de sus miembros. Estudios psicológicos han descubierto que las personas que tienen autoridad es menos probable que evalúen las comunicaciones debido a su lógica interna, dedicándose a valorarlas en base a la autoridad de quien las produce.

3. Opacidad desde arriba. Un tema importante de Seeing Like a State, de James Scott, es que los estados procuran que las poblaciones sean “legibles” desde arriba, haciéndolas más manejables bajo su control. Podríamos añadir el corolario de “ver como un jefe” sobre el fenómenos análogo en el interior de las jerarquías. El problema es que esta legibilidad es muy costosa, cuando no directamente imposible.

Los hospitales son un buen ejemplo. La mayoría de los documentos que las enfermeras están obligadas a cumplimentar se deben al hecho de que la administración no se fía de ellas, y necesita un medio independiente de verificación. Pero ese papeleo no sirve para nada, a menos que la administración se fíe de que las enfermeras lo rellenen sinceramente. Todo se reduce al hecho de que la administración sabe que sus intereses son diametralmente opuestos a los de las enfermeras, pero no hay forma de entrar en las cabezas de las enfermeras y mirar a través de sus ojos, superando de esa forma este problema fundamental. Así que los jefes buscan constantemente nuevos trucos ineficaces para evitar el problema, dando lugar a montones y montones de papeles que son tan inútiles como aquellos primeros cuestionarios.

Conclusión. En la medida en que las organizaciones jerárquicas dan a sus subordinados libertad para irse, no son tan coactivas como el estado. Pero dado que las jerarquías son artificialmente ubicuas debido a las políticas del estado, y que aquellos que trabajan dentro de ellas lo hacen así como un mal necesario derivado de limitaciones artificiales de la gama de oportunidades, la jerarquía es como un microcosmos de la sociedad estatista, en la que los problemas de agencia y conocimiento que tiene la autoridad reflejan internamente las irracionalidades creadas por la autoridad del estado en la sociedad en general.

Siempre y cuando los métodos de producción predominantes requieran grandes concentraciones de capital fuera del alcance de los individuos y grupos pequeños, y las jerarquías corporativas se apoyen en las estatales, las patologías culturales de las jerarquías son superables. Sin embargo, el cambio tecnológico está erosionando rápidamente la necesidad de gastos de capital, anulando las ventajas de la propiedad de capital e incrementando la vulnerabilidad de las jerarquías ante los ataques externos e internos de redes autoorganizadas.

Así, las jerarquías carecen cada vez más de recursos para compensar sus desventajas, incluso con la ayuda del estado. Este entrará en bancarrota, junto con las jerarquías corporativas, si intenta apuntalar el viejo orden.

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Kevin Carson es un autor mutualista contemporáneo, anarquista individualista e investigador asociado en el C4SS. Es autor de varios libros, entre los cuales destacan Studies in Mutualist Political Economy, Organization Theory: An Individualist Anarchist Perspective, y The Homebrew Industrial Revolution: A Low-Overhead Manifesto, los cuales están disponibles en línea de manera gratuita. Carson también ha escrito para publicaciones impresas como The Freeman: Ideas on Liberty y una variedad de blogs y journals electrónicos, incluyendo Just Things, The Art of the Possible, P2P Foundation y su Mutualist Blog. Varios de sus trabajos se encuentran traducidos al español en Mutualismo.org

Gracias a Disenso por esta excelente traducción del artículo de Kevin Carson!

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Jesucristo, el Pirata

Después de alimentar a una multitud de cinco mil personas con cinco rodajas de pan y dos pescados, Jesucristo de Nazaret recibió una notificación legal por parte de varias asociaciones comerciales, exigiendo el cese de lo que consideran una operación ilegal de repartición de comida bajo los términos del Tratado de Anti-Replicación de Milagros del Milenio (TARMM).

Los rabinos milagrosos como el Sr. Cristo y sus supuestas violaciones de derechos de propiedad han estado en el centro de fuertes controversias en los últimos años. Son el objetivo de una campaña de educación pública impartida por la Asociación de Productores de Alimentos de Galilea y Judea. Los productores de pan y pescado argumentan que la replicación no autorizada de comida es lo mismo que robar porque ésta los priva de parte de los ingresos que legítimamente les corresponden. Rabinos simpatizantes de sinagogas a lo largo y ancho de Palestina están leyendo anuncios de interés público de la APAGJ que buscan contrarrestar la percepción entre sus comunidades de que “todo el mundo lo hace” y de que se trata de “una pequeñez”: “Es que acaso los panaderos y pescadores no merecen que se les pague?” Muchas escuelas de Torah han adoptado el currículum “anti robo de alimentos” de la APAGJ.

En relación con estos acontecimientos, la Asociación de la Industria del Vino de Palestina se ha quejado oficialmente debido a informaciones que indican que Jesús, en otro supuesto caso de compartimiento ilegal, también replicó varios litros de vino durante una boda en Caná de Galilea.

Las asociaciones médicas también han señalado supuestas declaraciones de testigos que aseguran que Jesús practica medicina sin licencia. Esta práctica médica no autorizada se ha extendido, según amplios reportes, a leprosos, inválidos, tullidos y varios casos de posesión demoníaca. La industria médica denuncia las actividades de Jesús como competencia desleal. Según un vocero de la Asociación Médica de Galilea, “es injusto esperar que un médico licenciado que invirtió años aprendiendo su profesión y que tiene que pagar el alquiler de su consultorio pueda competir con un carpintero que para curar gente sólo tenga que agitar las manos un poquito, y que además lo haga gratis”.

El gremio de embalsamadores también se quejó respecto a los rumores de que Jesús resucitaba a los muertos, pero varios expertos legales han dicho que no existe una ley concreta que defina a esa actividad como criminal.

Por otro lado, un pequeño pero creciente movimiento de opositores a la propiedad gustativa cuestiona el concepto de “piratería”. Argumentan que copiar la comida, por ser una actividad inherentemente no-rival, no es robo: debido a que la comida creada por Jesús se origina de la nada, no se reduce el stock de alimentos de nadie. El pescador Simón Bar Jonás de Galilea y su hermano Andrés, concuerdan: “En lugar de afanarse en suprimir la competencia, la industria de la pesca debería cambiar su arcaico modelo de negocio. Las oportunidades abundan para aquellos que estén dispuestos a innovar. No hemos perdido un dinar por culpa de Jesús”.

Pero las autoridades no comparten esta manera de ver las cosas. Poncio Pilato, Procurador General de Judea, anunció planes para combatir a los piratas de la propiedad gustativa como Jesús: “Si creen que me voy a lavar las manos respecto a éste tipo, Jesús de Nazareth, les juro por Dios que se equivocan. Replicar pan, pescado y vino es robar, tanto como asaltar una pescadería o una panadería. Es un temita bastante pesado, ésto de la piratería gustativa.”

No se pierda el episodio de la próxima semana: Johann Gutenberg, impresor no autorizado de libros.

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Kevin Carson es un autor mutualista contemporáneo, anarquista individualista e investigador asociado en el C4SS. Es autor de varios libros, entre los cuales destacan Studies in Mutualist Political Economy, Organization Theory: An Individualist Anarchist Perspective, y The Homebrew Industrial Revolution: A Low-Overhead Manifesto, los cuales están disponibles en línea de manera gratuita. Carson también ha escrito para publicaciones impresas como The Freeman: Ideas on Liberty y una variedad de blogs y journals electrónicos, incluyendo Just Things, The Art of the Possible, P2P Foundation y su Mutualist Blog. Varios de sus trabajos se encuentran traducidos al español en Mutualismo.org

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Bajo la Mirada del Mundo Entero

Tal como lo narra la letra del himno revolucionario “The World Turned Upside Down”, un grupo de campesinos desterrados ingleses que se hacían llamar los Diggers en 1649 tomaron tierras que les habían sido arrebatadas por el estado para regalárselas a terratenientes en St. George’s Hill, se construyeron cabañas, y comenzaron a harar la tierra para sembrarla. Su objetivo era dar el ejemplo al pueblo inglés para que rompiese sus cadenas y reclamase lo que le pertenecía. Al final fueron desalojados por el señor feudal local, pero aún sobreviven en la memoria de los ingleses como héroes en la sangrienta guerra que se viene librando desde hace cinco mil años entre aquellos que se creen dueños de la Tierra y aquellos que la trabajan y viven en ella.

Es la historia que se repite durante esta guerra interminable. Es así como han sido las cosas desde que las primeras aristocracias terratenientes comenzaron a ejercer sus supuestos derechos de conquista para forzar a los que trabajaban la tierra a pagarles alquiler. Y éste ha sido también un tema central del siglo XX. Siempre que algún país del Tercer Mundo como Guatemala o El Salvador trató de devolverle la tierra a aquellos que tenían derechos legítimos sobre ella, osea, los agricultores que la cultivaban, los Estados Unidos o bien invadía a ese país o entrenaba y armaba secretamente a escuadrones de la muerte para arrancarles la cara a los activistas locales. La mayor parte de las hambrunas de hoy en día no se deben a que se produzca insuficiente comida, sino a que las oligarquías aliadas a los mega-conglomerados agro-industriales le han arrebatado la tierra a la gente que trabajaba y vivía de ella para sembrar mono-cultivos de exportación.

Hoy, otro grupo de héroes que llenarían de orgullo a los Diggers de St. Geroge’s Hill están peleando su propia batalla por la justicia. Miles de campesinos de Wukan, en la provincia china de Wangdong, están protestando por el robo de sus tierras comunales perpetrado por un gobierno local corrupto en colusión con desarrolladores. Tal como lo hicieron las aristocracias inglesas de antaño, el Comité del Partido Comunista en Wukan decidió vender la mayor parte de la tierra del poblado a una empresa de producción industrial de cerdos propiedad de un ex funcionario local.

Lo que disparó el levantamiento no fue el arrebato de la tierra como tal. El poblado ya se había enfrentado a las autoridades por ese tema, y había recuperado la tierra en septiembre. El gobierno invitó al poblado a elegir representantes que negociasen en su nombre, lo cual, como era de esperarse, terminó siendo una trampa para identificar a los líderes locales. Y obviamente, el gobierno arrestó a los líderes inmediatamente. Fue la muerte del representante principal de los pobladores, Xue Jianwan, en custodia policial, lo que causó el estallido masivo de las protestas.

El estado chino reaccionó con el típico ataque de pánico, tratando de cortar todos los vínculos de de Wukan con el mundo exterior y de matar de hambre a los pobladores para que se rindiesen.

Pero resulta que hoy en día es un poco más difícil mantener las cosas en secreto que en la época de los Diggers. Tal como muchos trabajadores industriales le dijeron a Naomi Klein mientras hacía el trabajo de campo para su libro “No Logo“, muchos de ellos preferiría trabajar su propia tierra en sus pueblos natales, junto a sus familias; pero ya no hay tierra qué trabajar. ¿Adivinan por qué? La población trabajadora de China, como la población trabajadora de la Inglaterra de antaño, fue expropiada de sus tierras y llevadas a las fábricas como si de ganado se tratase.

La pelea heroica de los pobladores de Wukan, a diferencia de la de los Diggers, fue blogueada y twitteada en el mundo entero.

Mientras tanto, en los Estados Unidos, el movimiento de Ocupación ha lanzado la campaña “Ocupemos Nuestros Hogares”, como ejemplo a ser imitado y propagado ampliamente. Hay millones de personas sin casa y millones de casas vacantes y de edificios comerciales en posesión de los banqueros, y lo que no hay en números suficientes son policías para mantener a unos separados de los otros. Cuando una persona sin hogar ocupa una casa ejecutada por un banco, y posteriormente es desalojada, obtiene como beneficio el tiempo que estuvo bajo techo. Y cada desalojo expone a la luz pública la brutalidad de los matones de uniforme negro.

Gracias al poder de las comunicaciones en red, el eslogan “Cada Herida de uno de Nosotros es una Herida de Todos” de los Trabajadores Industriales del Mundo (IWW) nunca ha estado tan cerca de realizarse. Las injusticias ya no pueden llevarse a cabo bajo un velo de oscuridad. Lacayos de la élite, ustedes que reprimen a nuestros hermanos y hermanas donde sea que estén en el mundo, mantengan siempre en mente que los días de los poderes a quienes ustedes sirven están contados. Cuídense bien, no sea que muy pronto lleguen a caer en las manos de nuestra justicia.

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Kevin Carson es un autor mutualista contemporáneo, anarquista individualista e investigador asociado en el C4SS. Es autor de varios libros, entre los cuales destacan Studies in Mutualist Political Economy, Organization Theory: An Individualist Anarchist Perspective, y The Homebrew Industrial Revolution: A Low-Overhead Manifesto, los cuales están disponibles en línea de manera gratuita. Carson también ha escrito para publicaciones impresas como The Freeman: Ideas on Liberty y una variedad de blogs y journals electrónicos, incluyendo Just Things, The Art of the Possible, P2P Foundation y su Mutualist Blog. Varios de sus trabajos se encuentran traducidos al español en Mutualismo.org

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